domingo, 23 de febrero de 2014

Manos de seda


Foto de Maria Jesús González




                                                A mi madre.

Por ellas corrió la vida,
sin que notaran la huella,
del padecer de su tiempo,
en un mundo atribulado.

Sus veteados ríos azules,
pulsaron todas las cavilaciones
de un siglo arrinconado,
sin espacio para sus caricias.

Hambre de luna y frontera,
el miedo por desayuno,
un naufragio de ilusiones
y en el campo de Gusen,
                        la memoria.

Refugio en el corazón,
encogido por el trueno,
estridencias de sirenas,
con mensaje equivocado.

Su juventud aguardó,
gastar sin hacer historia,
plena de amores fugaces,
con principio y sin final,
desechos por la violencia,
de unos locos ideales.

Caer y volver a andar,
fue su ejercicio obligado,
acertar la compañía,
harina de otro costal.

Llenó de amor la despensa
y de esperanza las horas,
un norte para sus sueños,
talados al despertar.

El etílico destino,
cercó de sombras sus días,
para menguar su estatura,
sin margen de compasión.

Desplegó destreza y arte,
en el cambio y limpieza de pañales,
y en la natural matanza civilizada,
armazón de domésticas tareas.

Amasó pan para un horno en cinta,
leñado de cobijo y esperanza,
contra los dardos cobardes,
                        del hambre,
                               en un tiempo oscuro,

Allegó el sustento a segadores,
de migratorias cuadrillas estivales,
cocinando provisiones campesinas,
de sol a sol, con la claridad del día,
y a carburo y candil
                            en tiempo de luna.


Con la luz de su cosecha,
iluminaba su vida,
en un  horizonte prisionero
de primaveras del azar,
talladas de cercana compañía,
fuente de ocupación,
                           y asidero de alegrías.

La suerte azarosa de su tiempo,
vino en negarle el apoyo,
segando bajo sus pies,
la hierba en que descansaba.

Fue feliz a la manera,
en que su mundo latía,
buscando el cariño en las ortigas,
restañando con sus manos,
los golpes sobre sus sueños.

Su historia bañada en  años,
liberada de su yugo,
orgullosa de su esfuerzo,
con la mirada perdida,
en el tiempo perdido,
con el tacto de marfil,
de sus manos de seda,
              despidió la siesta,
                        despidió el amor,
                                   despidió la vida.

                   A. López /invierno de 2014