En las entrañas del tiempo, arde la sed
de la reserva de plata cuarteada,
mimada por el sol y la belleza
y los vientos en tierras del Quijote.
De piedra en piedra, en roce con el barro,
entre los mimbres, àlamos y encinas,
reclaman su promesa al calendario,
las aves del migratorio paraíso.
El llanto de los ojos del Guadiana,
no es consuelo para ánades y patos,
ni el regalo de los Dioses desde el Tajo,
sostendrà en su pluma al somormujo.
El ciclo reclamado de los siglos,
ofrenda natural de ave viajera,
se mece entre el clima de las sombras
y el brocal, sanguijuela de rapiña.
Rèquien al humedal, sus pasarelas
avistadas de cortos horizontes,
despediran al visitante alado,
como el fuego, en ascua viva, al agua.
A. López /Enero de 2010
de la reserva de plata cuarteada,
mimada por el sol y la belleza
y los vientos en tierras del Quijote.
De piedra en piedra, en roce con el barro,
entre los mimbres, àlamos y encinas,
reclaman su promesa al calendario,
las aves del migratorio paraíso.
El llanto de los ojos del Guadiana,
no es consuelo para ánades y patos,
ni el regalo de los Dioses desde el Tajo,
sostendrà en su pluma al somormujo.
El ciclo reclamado de los siglos,
ofrenda natural de ave viajera,
se mece entre el clima de las sombras
y el brocal, sanguijuela de rapiña.
Rèquien al humedal, sus pasarelas
avistadas de cortos horizontes,
despediran al visitante alado,
como el fuego, en ascua viva, al agua.
A. López /Enero de 2010

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