Esa oscuridad de brillantina
ese inmenso techo guiñado
de estrellas firmes y fugaces
donde ascienden cansadas
las cenizas de la conversación
avivada en la chimenea del invierno.
Las campanas de la vieja iglesia
restallan su tiempo sólido y repetido
contra el frío de nieve y soledad
congelado en el pañuelo de la despedida.
Cede el golpe musical y solidario
sobre el asfalto huérfano de palomas
y el guante harapiento recoge el desafío
de seguir una noche más sobre la tierra.
En el sueño incontrolado navega de nuevo
sobre la lejana parva de avena y sol
cruzando el cementerio en su oleaje
con la sonrisa cómplice de los descartados
en busca del espejismo de la nada.
Y con el despertar de escarcha
se apura el último sorbo de la noche.
A. López Dic. / 2014
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