Entrenada para el arenal de fiesta,
su piel tatuada de casta y de bravura,
asaetada en calor de muchedumbre,
se hizo inmortal, convertida en arte
de la mano que la inmoló en los pinceles
sagrados de la cueva.
Tótem de aceituna en bravas banderillas,
compañero de viaje en cartel de carretera,
orgulloso emblema en patrios estandartes,
indultado de todo, menos de la muerte.
Acariciados por el río y por la luna del poeta
sus sueños en praderas de verde, rojo y amarillo,
tentaderos esquivos para las noches blancas
donde se afilan sus puñales, mezclados con aromas
para la fiesta de la muerte sorteada.
Su esbelta cerviz de rizado terciopelo,
solo se inclina para medir su fuerza en la cabeza,
mientras ara el suelo con sus pezuñas de espanto
o para rendir su vida al viejo rito de la espada.
A López Abril / 2011
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